Por Francesc Messeguer Lavín
México, año cero
Pierre Michon
Corre el segundo día del último mes de un año que nunca
acabó; el fin del mundo no llegó; que como no llegó tampoco lo hizo el
apocalipsis, y no se cumplieron las profecías mayas. El calendario, ese círculo
de piedra, ese monolito de toneladas de peso adquirido por los años y la
historia, y que por la consigna de lo apocalíptico que lo envuelve no se agotó;
y, que con esto, el ciclo se vio interrumpido por la instauración de otro que,
lejos de negar el pasado, hizo que se perdiera una barrera entre éste y el
presente y el futuro, se vio interrumpido por algo que se presumía como un
cambio verdadero. Y, en México, corre el año cero; que como digo, empezó el
segundo día del último mes de un año que nunca se dio por terminado; año del
génesis en el que se instauró el calendario del amor y de la moralidad, y en
donde no se tuvo que probar fruto prohibido alguno, pues ése ya se había probado hace mucho. Año en el que triunfó una
revolución que se dio a partir de la repetición de esquemas criticados en donde
hubo que cambiar para seguir de la misma manera y en donde se rescató a la
filosofía pero se dio muerte a la Iglesia pues olía a muerto; y el cadáver dentro
del templo, el cadáver de Cristo y el de Dios mutilados por el paso del
calendario monolítico cerraban sus puertas mientras otros las abrían; y que en
México, corre el año que empezó el segundo día de un mes que nunca acabó. Corre
el año del rescate de fantasmas y de apoteosis de héroes ya olvidados y
opacados por aquellos otros responsables de la expropiación petrolera y el Tratado
de Libre Comercio; corre el año del viaje al pasado y de la instauración de lo
anacrónicamente progresista. Y podrían ser los años mil ochocientos pero no lo
son porque es el año cero que empezó un día frío y que cortó con lo establecido
porque prometía una segunda oportunidad: una de tantas; y corría ese segundo
día, ese frío día que ahora era el primero, y cada quien ocupaba su cargo con
la consigna de efectuar el cambio prometido pero con el consuelo de que no
pasaba nada si esto no se lograba. Pero que, de la misma forma, la gente lo
aplaudía porque lo sabía como algo ya cumplido y lo festejaba; México era Roma
y era Francia y era, en buena medida, su tercer imperio que recién empezaba
pero que ya tenía héroes consagrados, todos ellos, en un mural, una pintura tan
grande como los personajes que ilustraba; un mural que se encuentra ahora en la
pared derecha, del segundo piso en lo que ahora se conoce como el Palacio de la
República Amorosa y en donde alguna vez estuvo El hombre en el cruce de los caminos.
***
En las calles del
Distrito Federal se grita la consigna: “El verdadero cambio llegó;” mientras se
instaura el plantón vitalicio en Reforma y en 20 de noviembre. Héctor Bonilla y
Jorge Arvizu y María Rojo, todos ellos tenían razón: es el momento de la
alternativa ciudadana; sí, de la alternativa hipócrita, politizada, partidista,
totalitaria; es el momento del gatopardo, del control de los medios y de la
regeneración nacional. Apenas el día anterior había acabado una vieja era, la
de lo blanco y de lo azul, la de los errores en la alternancia: la era de los
usurpadores. Felipe Calderón Hinojosa, ahora ex Presidente de los Estados Unidos
Mexicanos, se enfrentaba a un demonio del pasado: le entregaba a Andrés Manuel
López Obrador la banda presidencial, y él, Andrés Manuel, Bonaparte alzado, se
consolidaba como el emperador de un México, no negro pero sí, moreno. Al
momento de la entrega de la tan ansiada banda presidencial, el coro de la gente
apabulla: “¡el pueblo va a salvar al pueblo!” México entero ruge con el triunfo
de la República Amorosa, la verdadera república –o por lo menos eso dicen los
libros oficiales editados a partir del año cero. Andrés Manuel se coloca la
banda presidencial, se postra en el pódium,
acomoda los micrófonos a su estatura, no física pero sí política, de
héroe de mil batallas, de líder moral y espiritual; golpea los micrófonos con
la firme convicción de que lo que está apunto de decir no es otra cosa que un
punto de partida, una referencia nueva y, sobre todo, una invitación al cambio:
a la regeneración.
–Protesto –comienza Andrés Manuel con su mandato y recita
el primer salmo de la nueva época– guardar y hacer guardar la Constitución
Moral de la República Amorosa Mexicana y las leyes que de ella emanen, y
desempeñar leal y patrióticamente el cargo del presidente de la República que
el pueblo me ha conferido, mirando en todo por el bien y prosperidad de la
Unión. Si no lo hiciere, que la nación me lo demande.
– ¡El pueblo va a salvar al pueblo! ¡El pueblo va a
salvar al pueblo! –corea todo México.
– ¡Desde este momento queda establecida la nueva
Constitución Política de México bajo el nombre de: Constitución Moral de la
República Amorosa Mexicana!
– ¡El pueblo va a salvar al pueblo! ¡El pueblo va a
salvar al pueblo!
–Hoy, comienza una nueva era en México: la era del amor.
Es tiempo de paz y de respeto al prójimo de extender nuestra mano franca a todo
aquel quiera ser partícipe de la vida republicana. ¡Pero de una vez advierto:
todo aquel que quiera y pretenda seguir con el régimen establecido nos hará lo
que el viento a Juárez y será tratado como enemigo del pueblo!
– ¡El pueblo va a salvar al pueblo! ¡El pueblo va a
salvar al pueblo!
–Éste es el año cero; el año en el que volvemos a
empezar: es el año en el que por fin haremos las cosas bien. Hoy estamos aquí,
escribiendo una nueva página en la historia, rindiendo homenaje a nuestros
grandes héroes y dejando en descubierto a nuestros grandes traidores: ¡No más
de lo mismo! ¡No más PRI ni PAN! ¡No más PRI-AN!
– ¡El pueblo va a salvar al pueblo! ¡El pueblo va a
salvar al pueblo!
Andrés Manuel es el nuevo Juárez: él ha vendido la idea
de que es el justiciero que le quitará a los ricos y le dará a los pobres; que
con esa política venida del líder de raíces humildes convence al pueblo; que el
pueblo va a salvar al pueblo: que Andrés Manuel es Él, es el ungido, es Cristo.
Calderón baja de la tribuna de San Lázaro, apenas termina la protesta de Andrés
Manuel y en lo que parece un intento de aparentar calma y serenidad, trata de
salir lo más rápido que puede: él es el pasado y quiere permanecer allí; mientras
baja, Gerardo Fernández Noroña se mofa de él y de su administración.
– ¡Qué bueno que ya te vas, Felipe ‘del Sagrado Corazón
de Jesús’ Calderón Hinojosa, qué bueno que ya te vas! ¡Ahora que te juzguen por
los crímenes que cometiste!
(La escena era idéntica, lo único que la separaba era la
fecha en el régimen: dos de octubre de 2011 en el Auditorio Nacional y año cero
en San Lázaro, dos de diciembre de 2012: un año y dos meses fueron necesarios
para que cuajara el cambio verdadero: para que triunfara el retorno imperial.)
Calderón, entonces, baja de la tribuna mientras lo
aplauden González Morfín y Poiré, y
mientras lo abuchea Noroña y toda la delegación Gustavo A. Madero; y, ante todo
esto, justo antes de encontrar la salida, Calderón se topa con Ebrard, quien
por un momento amaga con darle la mano, pero que se pasa de largo indiferente:
Calderón es parte del esquema viejo; y que como parte de la mafia que
controlaba el país, era, entonces, considerado un enemigo. Calderón sale de San
Lázaro y de la vida pública; Ebrard camina para colocarse atrás de Andrés
Manuel como lo ha venido haciendo ya por años.
Andrés Manuel Cristo termina su discurso y baja de la
tribuna: él por en medio y sus colaboradores por los lados; Marcelo Ebrard es
su sombra. No hay lugar para entrevistas ni para los medios de comunicación:
ésos ya pasaron a ser controlados por el estado: o la izquierda se confundió
con la derecha o nunca fue muy diferente. Sale de San Lázaro: es la última vez
que el congreso actuará en el México del año cero. Cristo llega al zócalo pero
sin viacrucis; se dirige al centro de la plaza en donde lo espera un escenario
y otro micrófono y otro salmo. El escenario es el siguiente: el mural; que
tiene a sus doce apósteles y a su Cristo; que son seis por un lado, seis por el
otro, y él, Andrés Manuel, en el centro; que el mural se compone por San Martí
Batres, San Alejandro Encinas, San Gerardo Fernández Noroña, Santa Elena
Poniatowska, Santa Bertha Luján, San
Bernardo Bátiz, Andrés Manuel Cristo Rey, Marcelo Ebrard, San René Bejarano,
Santa Dolores Padierna, San René Drucker, San Miguel Ángel Mancera, San Ricardo
Monreal y Don Porfirio Muñoz Ledo.
Cristo termina de predicar su salmo, el segundo en lo que
va del segundo día del último mes de un año que no terminó: el año cero, y camina
hasta el mástil de la bandera y hace que quiten la bandera del pasado y coloquen
la del año cero: es verde, blanco y rojo, pero el escudo nacional se parece al
de la bandera de Juárez: es el escudo de Morena; es como la bandera de los años
mil ochocientos sólo que es la del año cero.
***
Corre el año cero: el régimen se instauró, se expropió
cuanto pudo: el Palacio de Bellas Artes es ahora el Palacio de la República
Amorosa; el zócalo se lo regaló Cristo a los electricistas que ya tienen su
empresa; que resucitó a los tres años, según las escrituras. A Carlos Slim le
otorgaron la concesión de operar en televisión bajo el nombre de Regeneración
TV; que Slim es dueño de los medios que controla la República Amorosa; que el
canal de televisión es el único y propaga la cultura de la regeneración, del
amor y nostalgia; que Slim y Cristo son dueños del país; que el país se fue a
la chingada: Cristo dixit. La
residencia Oficial de los Pinos, es ahora el Museo de la Mafia del Poder: el
MUMAPO; que lo dirige Javier Sicilia que ya no es poeta; que como dejó de serlo
en la vieja era, sólo escribía libros en contra del Calderonato; que pese a
decir que las elecciones de julio de 2012 serían las de la ignominia, aceptó el
cargo e institucionalizó su movimiento en una Comisión de la Verdad y que ahora
no tiene trabajo ni a quién criticar porque la República Amorosa lo controla
todo. Cristo Rey le dio muerte a la iglesia; que como Enrique VIII, él ahora
controla lo que estaba bien y lo que estaba mal; que Cristo Rey cambió el himno
nacional y en todo momento niega que se ha convertido en todo lo que había
luchado por combatir: y eso porque nunca ha querido combatirlo, sino aspirar a
ello, en todo caso.
Y a Cristo Rey nunca se le separa su sombra: Ebrard; que
Ebrard es Secretario de Gobernación de la República Amorosa y no tiene trabajo;
que ninguno de los funcionarios de Andrés Manuel lo tiene; que Andrés Manuel le
dijo a su sombra, convencido, que sólo a través del arte y de la cultura se puede
salvar al país y que por eso le encarga que haga un decreto público en el que
se exhorte a los artistas del país a que escriban libros e historietas, que
hagan telenovelas y documentales y que pinten, que sobre todo pinten encima de
los murales del régimen antiguo los grandes logros que se vislumbran en el año
cero. Y, que con eso, Cristo Rey, al igual que Stalin en 1932 hizo del Realismo
Socialista la política artística a seguir, él, Andrés Manuel, sólo que en el
año cero, promulgó el Idealismo Amoroso como la única corriente artística
válida en la República. Y que con el Idealismo como política de Estado, le
pidió a su sombra, Ebrard, que contratara a un muralista desconocido para que
pintase encima de las obras de Orozco, Rivera y Siqueiros, los grandes logros
de Benito Juárez y de Andrés Manuel López Obrador; que con eso editaría la
historia; que ésta, entonces, terminaría en 1872, con la muerte de Juárez y
continuaría en el año cero con el triunfo de la República amorosa y que el
pueblo va a salvar al pueblo.
Ebrard contactó a un muralista de origen humilde
proveniente de Macuspana, Tabasco y que se hacía llamar Francisco Chapa para
que pintara La primera cena; en donde
están, repito: San Martí Batres, San Alejandro Encinas, San Gerardo Fernández
Noroña, Santa Elena Poniatowska, Santa Bertha Luján, San Bernardo Bátiz, Andrés Manuel Cristo Rey,
Marcelo Ebrard, San René Bejarano, Santa Dolores Padierna, San René Drucker,
San Miguel Ángel Mancera, San Ricardo Monreal y Don Porfirio Muñoz Ledo; que el
mural está en el Palacio de la República Amorosa entre las calles Juárez y Eje
Central Andrés Manuel López Obrador; que por supuesto, Cristo Rey le iba a
cambiar el nombre al eje central de la ciudad de México porque él ahora era el
eje central de la República y porque esto significaba la ruptura con el PRD,
con Cárdenas y con los Chuchos, y, además, posicionaba a Morena, así como
alguna vez lo hizo PRI, como el único partido político dentro de la República
Amorosa Mexicana.
Pero Francisco Chapa, antes de pintar La primera cena, se dedicó a pintar una
serie de murales en Ciudad Universitaria y en el MUMAPO; que pintó La caída de la maestra en la Secretaría
de Educación Pública, la cual es su más grande obra pese a no ser tan conocida;
que coloreó la Estela de Luz y la renombró: la Estela del Amor. Que Francisco
Chapa se dedicaba a pintar más que a ninguna otra cosa porque la pintura
suponía el triunfo del anacronismo, de lo muy viejo, de lo que Cristo Rey
intentaba rescatar: la idea del liberal de los años mil ochocientos; combinado
esto con lo sublime del arte gráfico que incluye una bandera tricolor, doce apóstoles
y un ungido; que todos ellos están en el Palacio de la República amorosa; que
el pueblo va a salvar al pueblo; que es el año cero; que La primera cena es un mural que está en la pared derecha del
Palacio de la República, y que esto no es ninguna coincidencia.