Por Fernanda Sánchez
15 años sin un título parecen ser pocos para Billy Álvarez, y no parecen representarle una inquietud a corto plazo sobre el equipo, vende jugadores importantes como Emmanuel Villa y uno esperaría que el delantero que venga sea mejor, es decir, con un nivel superior que venga a solventar los problemas de la delantera que Villa no pudo. El suplente natural por momento y por resultados sería Aldo De Nigris.
La directiva tendría que haber presionado hasta el cansancio para llevarse al delantero regio en el draft, no hubo negociación y Cruz Azul, aún con todo su dinero se fue con las manos vacías del draft. Una verdadera vergüenza. No sé qué pretende Billy, desaparecer a este equipo es lo único que me viene a la mente, no puede ser que eche por la borda lo que su padre construyó, ha pisoteado a este equipo y lo ha llevado a los capítulos más vergonzosos, como aquella descalificación en la mesa por alineación indebida de un jugador con problemas de dopaje. Es de verdad una falta de responsabilidad y compromiso hacia un equipo y una gran afición.
Esa afición que ha aguantado estoica las tempestades pero que se cansa de esperar, de ilusionarse, de creer a ciegas y alimentarse con las migajas que le regalan. Que se le gane al América, qué bien, da gusto, pero no es suficiente, eso no hace una temporada cuando llevas 15 años esperando a que llegue el lunes en el que salgas a trabajar o a la escuela a gritarle a todo mundo que se logró el objetivo, que se logró el campeonato, que tu equipo está en lo más alto, que es el que mejor juega, que simplemente fue el mejor del torneo.
Yo no sé qué clase de aficionado sea Billy, que teniendo en sus manos muchas de las decisiones para hacer que este equipo mejore no las ejecuta y en cambio hace cosas que el equipo no necesita, como traer a Omar Bravo, por ejemplo. Está claro que de aquel gigante de los 70 ya no queda nada, que su historia ha sido pisoteada y que su popularidad va en picada porque a la directiva le vale su afición, no escucha, no atiende y no comprende que la gente está hábida de un golpe en la liga que lo catapulte de nuevo al plano más grande, al más importante, al más deseado: ser campeón.




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