Por José Pablo Salas
@joso9
Si somos dados a creer en la psicología de las naciones
podemos afirmar (o lo hago yo) que
México no es un país violento. Al igual que muchas otras naciones colonizadas
tuvimos una guerra de independencia, nuestro proceso revolucionario buscaba
reivindicar causas sociales y políticas, hemos perdido muchas más batallas que
las que hemos ganado y nuestros grandes héroes suelen ser víctimas sacrificadas
en lugar de grandes conquistadores. Nuestros boxeadores son más aguerridos que
poderosos, nuestra lucha libre más acrobática que peligrosa y los aviones que
mandamos a la Segunda Guerra
Mundial eran más simbólicos que belicosos.
¿Por qué entonces un presidente que “desconocía” el grado de
podredumbre en el que se encontraba el país (en términos de narcotráfico) nos
mete en una guerra que no parece tener fin?
A diario plumas (o teclados) más avispadas que la mía,
critican la inutilidad de la guerra contra las drogas de Calderón. Pero me
interesa resaltar una consecuencia de la misma: el odio entre mexicanos.
De repente entramos en un espiral de odio que ha nublado
nuestra capacidad crítica, por momentos creemos que la violencia desmedida y el
coraje que sentimos por ella es lo mismo. Falso.
Me parece terrible que nuestro presidente se vista de
militar y haya instalado, discurso tras discurso, una lógica de buenos contra
malos. “Los delincuentes”, “los jueces”, “los gobernadores”, “los cobardes”,
“los corruptos”… de repente nos encontramos en un México dividido entre los que
quieren combatir a sangre y fuego a los criminales y los “cobardes” que
preferimos pensarnos las cosas.
A tal grado ha llegado nuestra descomposición, ya no social
sino mental, que Vázquez Mota usó como tema de campaña lo mucho que (casi) le
rogaban en los estados de la
República que no retirara al ejército en las calles, pues
sólo así se sentían seguros. ¿Cómo puede ser el total fracaso de las fuerzas
civiles del orden una justificación para la guerra?
Y no es que Chepina mintiera, en varias zonas del país la
situación es crítica y las libertades civiles están restringidas, pero por qué
no enfilar los discursos a restablecer el orden, a acabar con la corrupción, a
fomentar la educación, en lugar de justificar la estadía del ejército.
Antes los comerciales del ejército y la Marina trataban de cómo
ayudaban en las catástrofes naturales, veíamos a aquella gente desesperada por
haber perdido todo en una inundación auxiliada por uniformados de rostro serio
pero sensible. Supuestamente la guerra contra las drogas incluyó al ejército
por ser una institución en que la gente confiaba. ¿Qué tenemos ahora? Militares
coludidos, poca preocupación por las violaciones a derechos humanos, montajes
de cadáveres de narcotraficantes retacados de dólares… hasta tuvimos que
restringir aquello del fuero militar.
Preocupante es también la cifra de muertos en el sexenio, y
nuestra reacción ante los mismos. Tomemos la cifra más baja posible: 50 mil.
Supongamos, de forma estúpida, que todos era criminales… ¿Eso justificaba su
muerte? ¡Sí! Clamarán algunos, muchos, todos. ¡Sí, mataron a mi hijo! ¡A mi
hija! ¡A mi hermano!... Sí, pero como dice Vito Corleone: “Eso no es justicia…
es venganza” Y mientras sigamos inmersos en esta retórica de odio hacia el
prójimo y descreamos de la justicia civil y de nuestras leyes y optemos por la
fuerza bruta la muerte seguirá cobrando alta su cuota.
México no es un país violento, pero alguien nos ha hecho
creer que lo es. Y que para defenderlo, necesitamos aún más violencia.




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