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sábado, 2 de junio de 2012

El Paseo de la Nostalgia

Por Francesc Messeguer Lavín 


Tengo el privilegio -o el infortunio- de vivir muy cerca del Paseo de la Nostalgia. Soy testigo de sus idas y venidas; de sus centenares de coches: todos ellos vochos y chevys y combis, unos cuantos taxis y peceras; de su tianguis interminable de frutas y productos que se desprenden de la cultura de la tarjeta telefónica y el teléfono celular con chip; soy un casi habitante del Paseo de la Nostalgia y, que como digo, tengo el aparente privilegio de saberme como algo ajeno a él, pero el infortunio de querer pertenecerle en cada momento: conozco su verdadero nombre: Eje 6: Ángel Urraza: el Paseo de la Nostalgia.


No importa el sentido -¿acaso el tiempo?- en el que uno transita por el Paseo de la Nostalgia, pues uno siempre los ve: no hay nostalgia sin nada que nos la recuerde: carteles de color rojo con amarillo en ambos extremos y en ambas direcciones que dejan leer la consigna: "El cambio verdadero está por venir." La nostalgia, pues, son los carteles. Y, en ese sentido, el Paseo de la Nostalgia es el Paseo de los carteles; que como dije, son de color rojo y amarillo; que son los colores del comunismo, ese terrible fracaso de la utopía; que roja es la sangre de los héroes nacionales y que amarilla es la estrella del progreso que suponen el trabajo duro y la igualdad de clases. La propaganda en el Eje 6, es un elemento ubicuo que no deja de reflejar un intento de uniformidad -que no unidad- del partido político que la pagó a partir de su dinero, que es el dinero del gobierno, que es el dinero del IFE y que es el dinero del pueblo: que el pueblo va a salvar al pueblo; que del país se apoderó un mafia que nos controla y que nada le importa el pueblo; que se le desecha como a su propaganda a pesar de tener invadido, como lo demuestra la demografía, el eje 6, que como digo, es el Paseo de la Nostalgia. Cada cartel es una persona, un olvidado y se le desecha como tal. Pero al partido que deja leer en su propaganda que no lo dejan de controlar ciertos presupuestos de la reacción socialista hacia al régimen establecido: el uso del cartel como medio de comunicación directo que supone la tarea de agregar más y más personas a su causa; personas a las que se les convence a partir de la idea del líder providencial; del ídolo; de aquél que tiene la fuerza y el temple de enfrentarse al mal gobierno. En ese sentido, el convencido del cambio verdadero es un disidente político que sigue creyendo que la plaza pública -incluidos aquí los ejes viales y los mítines- es el espacio de opinión al que hay que enfocarse necesariamente. No es ninguna coincidencia, en este sentido, que el abanderado de dicho partido, Andrés Manuel López Obrador, haya optado en su momento y continúe con la idea de que la no será a partir del uso de medios de comunicación actuales -por llamarlos de alguna forma-, sino que en todo caso, recurrirá a prácticas de principio de siglo XX.

Sin embargo, esto no es ninguna coincidencia: Andrés Manuel es el ejemplo vivo de que la cultura de la nostalgia persiste: sus declaraciones referentes a la visita de John Biden; la similitud del escudo de Morena con el de la bandera nacional de mediados de los años mil ochocientos; sus constantes referencias a Juárez. Y, en ese sentido, no sorprenden en lo absoluto ciertas declaraciones y actitudes que el abanderado de izquierda pretende. Pero ése es otro tema.

El Paseo de la Nostalgia es, entonces, el paseo del futurismo impregnado de referencias a Benito Juárez pasando por el Realismo Socialista y la entrevista que Porfirio Díaz dio a James Creelman en 1908. Y, en ese sentido, supone lo más terrible del paso del tiempo: al pasado se olvida o se le supera, aunque generalmente, se le niega. ¿Qué pasa con los disidentes políticos que son los cárteles del Paseo de la Nostalgia al pasar el tiempo y al convertirse en papeles olvidados en un poste de luz? Es como si no hubieran existido nunca. Y en general ése es el estribillo de cualquier campaña política: el cambio y lo diferente, lo verdadero y la reconciliación; que al final sólo se traduce en una revolución que dejó todo igual. Acaso lo más terrible en una campaña electoral sea el sentimiento que, al verlo con el paso del tiempo, aterrizamos en un terreno espacial que no es el pasado pero tampoco es el futuro: es la nostalgia.

Casi al mismo momento que los cientos de carteles invaden al Paseo de la Nostalgia, llega al mundo la noticia de la muerte del líder norcoreano, Kim Jong-il y, con ello, sus imágenes: la simetría perfecta. La avenida por la que es llevada la carroza que transporta el cuerpo del difunto líder, es la del Paseo de la Nostalgia, en donde la muerte es quien más la transita.

FJML

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