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domingo, 16 de septiembre de 2012

El problema de la ceguera


Por Francesc Messeguer Lavín
@ElMesseguer

En plenas campañas electorales, las calles de la Ciudad de México eran invadidas por carteles y volantes y espectaculares de muy diversos partidos políticos. Acaso lo que más recuerdo del proceso electoral es aquel 17 de diciembre de 2011 (en aquel momento el PAN todavía no escogía un candidato, y Peña y López Obrador se habían perfilado desde mucho tiempo atrás), cuando el líder norcoreano Kim Jong Il  falleció, mientras el Eje 6 (Ángel Urraza) era invadido por la inmensa propaganda del Partido del Trabajo. Se trató, y vaya que duraron, de carteles de color rojo y amarillo; que son los colores del comunismo, esa utopía que habría fracasado terriblemente y, que en ese momento –es decir, al estar en Eje 6, caminándolo–, no hacía más que remitirme a la nostalgia que es México: ese grandísimo Paseo de la Nostalgia.
   Al momento de su bautizo, no me refería a todas aquellas licencias poéticas de la arquitectura, esos descendientes directos de Corona del Rosal y su Departamento del Distrito Federal, que uno encuentra mientras camina por las calles de la ciudad. Me referí –y lo sostengo– a ese sentimiento historiográfico, y muy mexicano, que pretende seguir en búsqueda de héroes providenciales que saquen al país del hoyo en el que ha caído.
     En este sentido, hay que decirlo, la historia de México se ha tratado en buena medida del progreso, o mejor dicho la búsqueda del progreso. Ya entrado el siglo XIX, la fe incuestionable en el progreso hizo que la vida política del país, recayera en las instituciones científicas –por llamarlas de alguna manera–, cuyo resultado no sólo hizo que la ciudadanía se fuera alienando cada vez más de su sociedad, sino que incurrió directamente a un progreso cómodo, en donde se sabía que el Estado hacía cosas que a nadie convenían, pero no se protestaba por ello.
  El Paseo de la Nostalgia, ese México que, según es el caso, es muy del siglo XIX o muy del XX, en buena medida se sigue reflejando al momento de hablar de la vida política del país. De ahí que cada seis años, escuchemos promesas de no corrupción y no pacto con el crimen organizado; de voluntad fuerte en asuntos de seguridad pública y de un cambio urgente –disfrazado, sin embargo, de necesario– en el rumbo del país; esas promesas que no debieran saberse como tales, puesto a que debieran ser condiciones dadas por sentado en aquellos que contienden por cargos de elección popular. Y, sin embargo, ahí seguimos: saliendo a votar un día cada tres y cada seis años, para el resto de esos mismos días olvidarnos de esa exigencia necesaria que debiéramos promover, llegando así cada día de votación para empezar de nuevo, y olvidarlo todo después de entrar a la casilla.
   La terrible rutina que ha sido cada presidencia de la República, ha hecho que los titulares del poder ejecutivo tiendan a engrandecerse. Y, en esa búsqueda por una apoteosis (un presidente de México se sabe como un héroe), nos encontramos, por ejemplo, con la ceremonia que encabezó el presidente Calderón, el pasado 13 de septiembre en el Heroico Colegio Militar, con motivo de la conmemoración de los Niños Héroes, titulada “Pensamientos de la Patria”.
   Pese a no haberse desarrollado en el programa original, en donde se mostrarían dos imágenes de Felipe Calderón a partir de una serie de mosaicos, en lo que parecía una re visitación muy peculiar y no superada de la Guerra Fría, el Eje 6 y el padre de Kim Jong Il, y lo que ella implica, los “Pensamientos de la Patria” dejaron en claro que la alienación, lejos de erradicarse, busca seguirse reinventando.
   “Es inaceptable que algunos justifiquen el comportamiento delictivo aduciendo falta de empleo, carencia de oportunidades o marginación. Es obvio que la barbarie con que actúan los criminales no corresponde a un desempleado. Oportunidades existen, pero hay que aprestarse para ellas y trabajar con esmero todos los días para conservarlas”. Con esas palabras, Edith Fuentes Osorio, cadete de la Escuela Militar de Enfermeras, una de las oradoras en la ceremonia organizada por la Secretaría de la Defensa Nacional, condenaba –de acuerdo con ella y sus motivos– las muy terribles acciones que realizan miembros del crimen organizado, criticando los motivos que los llevan a realizarlas.
   La consigna es clara, y también revisitada a su manera. En el marco del sexto y último informe de gobierno en Palacio Nacional, Calderón dijo que México nunca había estado mejor En este sentido dijo, y lo cito:
“Nunca tantos mexicanos habían tenido acceso a casa propia. Y hoy la competencia en telecomunicaciones crece, reduciendo los precios y elevando la calidad […] Muchos problemas subsisten, sí, pero hoy México tiene mayores y mejores capacidades para enfrentarlos, México ha cambiado y ha cambiado para bien, tiene instituciones públicas más sólidas y eficaces, su economía está en crecimiento y genera más de 700 mil empleos formales al año”.
     Los cambios y mejoras a los que hace referencia el presidente Calderón, son de alguna manera resumidos en la siguiente oración: México es una tierra de oportunidades. Y, de alguna manera es entendible: si durante los gobiernos priistas, e incluso desde mucho antes, la consigna era la búsqueda del progreso, un gobierno heredero de la alternancia en el país, debe entonces predicar ese mismo discurso, desde una perspectiva más actual.
   No hay que negarlo, México es un país en suma noble: se pueden quemar discos de los mejores cantantes de la década de los 80 y venderlos en el Metro, obteniendo un ingreso importante por hacerlo; pero eso no quiere decir que el país sea tierra de oportunidades. De hecho, es cierto que los avances económicos durante el sexenio de Calderón tienen una Economía estable; sin embargo, y para el infortunio de unos cuantos, esa solidez económica es en los niveles más grandes: México sigue siendo un país profundamente injusto, socialmente hablando, en donde puede caber la idea que supone que hay gente que no se muere de hambre, pero no lo hace porque puede vender lo que se le ocurra, para así poder subsistir.
   La tierra de oportunidades de Calderón, es una tierra en donde prevalecen el Estado de Derecho y las instituciones solidas; entre ellas las de seguridad. No es ninguna coincidencia, en este sentido, que el combate en contra del crimen organizado quiera ser posicionado como uno de los grandes avances que ha experimentado el país, desde el 2007.  En ese sentido, y en una pequeña muestra de un chovinismo siempre presente, las personas que delinquen, deciden hacerlo porque sus motivos siempre obedecen a una hipocresía en el discurso: si México tiene oportunidades, entonces no cabe la explicación para ser delincuente.
   No estoy diciendo que existan razones que justifiquen las acciones que cometen diferentes miembros del crimen organizado; de hecho, ése es el problema, en el discurso de Edith Fuentes: no se trata de encontrar razones que justifiquen esas acciones, se trata de encontrar las razones y motivos que expliquen –cosa muy diferente– el por qué es que una persona decide cometer tal o cual acción delictiva.
   Una persona que decide entrar a las filas del crimen organizado, puede hacerlo obedeciendo a muy diferentes motivos: no encontrar trabajo, no estar a gusto con el trabajo que se tiene, estar desesperado por tener que pagar sus cuentas y no saber bien a bien cómo poder hacerlo. Si se escarba, todas estas razones se manifiestan a partir de una falta de proyecto de nación, porque, ¿qué ha sido México, sino una nación acéfala?
   No se trata de que el Estado sea condescendiente con su población, que les dé todo; nuestro siglo XX fue en su mayoría así, y reincidió en el establecimiento de una sociedad alienada precisamente por la idea de un Progreso cómodo y entregado. Se trata, en todo caso, de entender a esa población a partir de muy diferentes perspectivas y, desde ahí, conseguir y generar un ambiente favorable para que su desarrollo (sus oportunidades), pueda ser  alcanzado.
   El que se afirme que las oportunidades existen para todos los mexicanos, es saberse como un ciego, pero querer pretenderse como un vidente. El problema de la ceguera aliena; y, que la Sedena lo afirme, sólo evidencia un pésimo desarrollo de una estrategia en contra del crimen organizado fallida, cuyo rumbo nunca se quiso corregir, una alienación que no pretende cerrar la brecha entre el Estado y su población, y, sobre todo, otra Presidencia de la República que reincide en ese terrible Paseo de la Nostalgia en el que hemos vivido desde hace mucho.



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