Powered By Blogger

jueves, 6 de septiembre de 2012

Calambres de columna



Por José Pablo Salas
@Joso9

Según Gabriel García Márquez, la pirámide jerárquica en los periódicos está totalmente de cabeza. Todos los periodistas, becarios, novatos y rangos medios deberían aspirar a escribir reportajes que ganen la primera plana de su medio. A ir por la nota del día. El periodista de mayor colmillo contaría con las herramientas suficientes para desarrollar un diarismo libre de errores de principiante. Las exclusivas llevarían la firma de los mejores.

El novato debería de empezar siendo columnista, una posición que no exige más que tomarse, a lo sumo, un par de horas al día y hablar de lo que se venga en gana. ¿Qué tendría de malo?, ¿a quién se daña publicando una opinión que se imprime en miles de ejemplares? en teoría a nadie, pues si alguien firma una columna está asumiendo que la responsabilidad de lo escrito es sólo suya.
Los periodistas que escriben columnas políticas son la viva muestra de la vieja falacia de autoridad, ¿por qué deberíamos leer la visión del mundo de un sujeto que se ha dedicado a contar toda su vida lo que ocurre frente a sus ojos?, ¿por qué es más válida su postura?, ¿con qué meritos cuenta además de su experiencia?

Aclaremos, hay magníficos columnistas en varios medios del país. Los verdaderamente destacables son aquellos que, combinando agudeza mental y amor por la buena prosa, destilan día con día (o semana tras semana) grandes piezas de análisis de la actualidad. Vienen a mi memoria Granados Chapa y su Plaza Pública o las Toscanadas que publica en Laberinto el escritor David Toscana. No podrían ser más diferentes. Una (era) diaria, otra es semanal, la primera desmembraba los sucesos más importantes de la política día con día, la segunda nos cuenta de literatos rusos, de la lectura como salvación o de la estupidez humana. Grandes ejemplos de lo que un poco de amor por el español puede hacer.
En las antípodas se encuentran los columnistas que creen que, desde una falsa posición de poder, pueden escribir lo que quieran, de lo que sea, como sea. Algunos se dedican a platicarnos las noticias que aparecen en las páginas de su diario, otros “interpretan” por nosotros las encuestas de opinión, califican algunas, descalifican otras…y al final, a veces, tienen que pedir perdón por lo expresado. Algunos hasta pretenden ser irónicos, se quejan de lo intolerantes que son los lectores, se asumen como portadores de una verdad obvia y se emberrinchan. Ejercicios de escritura meramente tristes.

¿Por qué este odio al lenguaje y al oficio más bello del mundo (en palabras del viejo Gabo)? Si la opinión que vamos a leer no es de algún experto en la materia deberíamos exigir, al menos, estilo. Se vale opinar lo que deseen, pero con fundamentos que para eso tienen el espacio, con argumentos que nos den una visión crítica de lo opinado, con contrapesos que generen en el lector la sensación de que vale la pena seguir leyendo al periodista… El colmo son las columnas escritas en bullets, pues denotan la falta de pericia mental (o de simple flojera) de sus autores.

Pero ¿quién puede resistirse a ser leído por miles? Pocos. De ahí la popularidad de los blogs que, sin el respaldo de un medio atrás, puede erigirse como foros de la opinión pública. Este bestiario, esta columna, son ejemplos de lo mismo. Al final del día ¿qué ser humano en su sano juicio no querría tomarse 60 minutos diarios y “generar”, así tan fácil, una pieza periodística? A mí esta me tomó menos de media hora.

0 comentarios:

Publicar un comentario