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miércoles, 12 de septiembre de 2012

11 de septiembre


Por Miguel Angel Aguilar Mancera
@cocuaguilar

Ayer fue 11 de septiembre. Soy un genio, eso ya lo sé. Deberían darme un reconocimiento por este magnífico hallazgo digno de los laureados y bienquistos científicos de la UVM. (Y hoy es 12 de septiembre, por si andaban con el pendiente).

No puede negarse la fuerza que tiene en el inconsciente colectivo mundial esta fecha. Para todos los nacidos antes del siglo XXI, el 11 de septiembre es referente obligado, ames, odies o -como a mí- te valgan madre los gringos. El ataque terrorista, donde dos aviones se estrellaron contra las torres del WTC en Nueva York y que resultó en alrededor de tres mil pérdidas. Un hecho que conmocionó al mundo, y que ayer cumplió 11 años de ocurrido. Pero, vayamos años atrás, al mismo día, en la década de los setenta.

El 11 de septiembre de 1973, el Ejército y la Fuerza Aérea chilena atacaron el Palacio de La Moneda, sede del Presidente de la República de Chile, comandados por Augusto Pinochet y con apoyo de la CIA y el gobierno estadounidense del infame Richard Nixon. Salvador Allende, el primer Presidente de izquierda elegido democráticamente en América Latina, pronunció al pueblo chileno sus últimas palabras por medio de un discurso radial antes de su muerte: "¡Viva Chile!, ¡Viva el pueblo!, ¡Vivan los trabajadores!". Después, se suicidó con una subametralladora que le había obsequiado el Che Guevara.

Este hecho marcó el inicio de la dictadura chilena, que duró hasta 1990. La Junta de Gobierno tomó control del poder en Chile y Augusto Pinochet se convirtió en el líder del sistema fascista que mancilló al país andino por 17 años, causando alrededor de 40 mil muertes. Todo ello, en el contexto de la Guerra Fría, donde los Estados Unidos se dieron el lujo de maquinar guerras civiles, orquestar golpes de Estado y quitar y poner dictadores a diestra y siniestra bajo la famosa doctrina del macartismo, sin importar el precio, con tal de impedir el avance del comunismo. Chile fue sólo uno de los numerosos episodios.

En 2001, alrededor de las nueve horas del tiempo del este de Estados Unidos, dos aviones -secuestrados presuntamente por terroristas islámicos- se estrellaron contra las torres del WTC; más tarde, otros dos aviones fallaron en alcanzar sus objetivos, uno de ellos era el Pentágono. El hecho sacudió al mundo. El número final de fatalidades se acercó a tres mil. La cobertura mediática del hecho fue titánica y -cómo no- George W. Bush le declaró la Afganistán y, después, en 2003, a Irak.

Los tres mil muertos -haciendo caso o no a las teorías de la conspiración que afirman que el ataque fue perpetrado por el propio gobierno de Bush- sirvieron como pretexto perfecto para lanzarse a Oriente Medio y atacar Afganistán e Irak, causar cientos de miles de bajas (no sólo militares, sino también civiles) y, de paso, conseguir un 'poquito' de petróleo. Los 40 mil muertos de chile le permitieron a los gringos mantener su hegemonía de este lado del mundo.

Les dejó una reflexión de Noam Chomsky, este no es científico de la UVM.

"Supongamos que el 11-S los aviones hubieran bombardeado la Casa Blanca. Supongamos que hubieran asesinado al Presidente, establecido una dictadura militar, matado rápidamente a miles, torturado a decenas de miles más [...] Supongamos que eso hubiera ocurrido. Ocurrió. En el primer 11-S en 1973. Sólo que aquella vez, nosotros fuimos los responsables. Ese fue el Chile de Allende".

Un 11 de septiembre, 28 años de diferencia. No sé, algunos podrían decir que el karma sí existe.

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