Por Francesc Messeguer Lavín
"Rebelión safari"
I. El safari y su rebelión
En ese punto de
convergencia del Palacio de Ladrillos; en ese lugar de reunión de personajes
pertenecientes a las mas diversas culturas, quienes se saben como aficionados a
muy distintos fetiches; y en general, en esa fuente circular que se posiciona —visto
desde un ojo ajeno, por supuesto— como el pináculo del lugar común, se realiza
un performance.
Están, pues, los que fuman —¿qué
es la fuente sino la zona cancelada de restaurantes que permiten la convivencia
de fumadores, esa segunda oportunidad?—, los que escuchan música y los que
juegan, los que se sientan a comer y los que solamente se reúnen. Pero están
todos juntos y separados: son la soledad colectiva; y cada uno está
contribuyendo a su manera. Si la fuente es el lugar de la segunda oportunidad,
entonces nada sorprende el hecho de posicionarse como un lugar de intercambio
social; mismo que se evita—en muchos sentidos— porque se le mira desde una lupa
que generaliza, pero que sobre todo cega. Y en ese sentido, el chico que viste
de negro no habla con el que viste de traje. Ay, ¿ya viste a ese fresita?
Yo con él no me junto.
Pero en el caos sistemático —que
es de alguna manera la fuente del Palacio de Ladrillos—, en ese ser
consuetudinario, una comitiva, liderada por una mujer que viste bermudas de
color verde, con una blusa de leopardo; botas de escalar y un sombrero de
explorador propio de alguna adaptación cinematográfica de personajes selváticos;
y en cuyas manos sostiene un letrero que deja leer la consigna
"Safari", se acerca de pronto a la fuente circular, seguida por una
pareja de novios. Muy cerca de ellos, un hombre toca una guitarra: toca Pink
Floyd.
—Bienvenidos al safari en la fuente —dice
la guía turística, mientras se acercan al perímetro circular de la fuente hasta
un hombre que viste lentes oscuros y habla por su teléfono celular. —Aquí
podemos ver al "Papaloy". Se le puede encontrar en departamentos como
el de Derecho o Negocios. Se caracteriza por vestir trajecitos y usar lentes
oscuros.
Mientras la guía del Safari describe
a uno de los especímenes del perímetro circular de la fuente, la pareja de
novios que la sigue, no deja de fotografiar al mismo.
Después de pasar al
"papaloy", la guía turística hace lo mismo con una mujer que tiene el
pelo de varios colores: rubio, azul y negro; y de quien dice que es un
"hipster" o un estudiante de Comunicación: no hace diferencia entre
ambos. El nuevo especimen es descrito como aquel que gusta de perder el tiempo
en la fuente y quien se sabe como un ser importante dentro de la comunidad
universitaria por ser colaborador de su estación de radio. La pareja de novios
también los fotografían.
El algoritmo se repite otras tres
veces: con el "metalero", el "mirrey" y la
"mirreina"; hasta que esta última se enoja con la guía de Safari, con
quien se comienza a jalonear
—¡Oye, a mí no me catalogues! —grita
la mirreina, mientras deja a un lado su teléfono celular. —¡Yo soy una
estudiante como cualquiera de los que están aquí!
Mientras comienza el pleito, uno a
uno, los especímenes descritos comienzan a unirse a la mirreina, y se
pronuncian en contra de la guía de safari; a quien persiguen por el perímetro
circular, hasta que en una serie de jaloneos, termina dentro de la fuente bañada
en aguas de verguenza. La pareja de novios la fotografían.
***
El performance
termina, y sólo muy pocos podemos saber su título: "Rebelión safari";
que es lo que sucedió —de alguna forma— el 11 de mayo en la Universidad
Iberoamericana. Que la guía de safari es Peña Nieto y su partido dinosáurico;
que las fotografías son los medios y los novios sus líderes; que la Ibero es el
Palacio de Ladrillos; y que el lugar común se desmantela como lo hace una protesta estudiantil.
II.Nota preliminar
En la víspera de
aniversarios de movimientos sociales alrededor del planeta: gobiernos que caen
como en Libia y Egipto; protestas ante los privilegiados americanos, como Los
Indignados —y sus muchas variantes, según el espacio geográfico en turno—,
o el 15-M en España; las protestas en Chile ante un esquema educativo anacrónico;
ante las críticas de no muy pocos medios y líderes de opinión —publicada en
todos los sentidos— nacionales, y sobre todo, ante el cuestionamiento de los
mencionados medios y líderes ante la supuesta y aparente apatía que invadía los
titulares de sus columnas y periódicos en una sola pregunta: “¿en dónde están
los indignados mexicanos?”; tuvo que surgir una manifestación por parte de una
universidad privada para que, entonces, esos mismos medios y líderes quedaran
indignados ante la misma y consiguieran, a toda costa, darle la menor
importancia.
Tony Judt en su Algo
va mal (2010), escribió que existe una tendencia del hombre de preocuparse
por aquellos problemas que se saben muy lejanos a su comunidad. Esto en muchos
sentidos, explica el éxito de campañas como KONY 2012, o brigadas de ayuda a
desastres naturales en otros países como Haití en el 2010. Pero en todo caso,
esa creciente preocupación por problemas ajenos hace que, precisamente, no
tengamos en cuenta los nuestros. No estoy diciendo, sin embargo, que todas
estas iniciativas —cualquiera que sea su fin último— sean en suma
negativas; sólo incurro en el hecho de que en nuestro país, hay gente que se
muere de hambre; y que sólo se realizan iniciativas semejantes cuando en los
periódicos y en general en todos los medios de información, se escapa una nota
que habla de un supuesto suicido colectivo. En cuyo caso, ya no son “aquellos
que se mueren de hambre y en cuya desesperación se suicidan”, sino son nuestros
hermanos.
Los medios de
información, en el más estricto sentido, no son tanto reveladores de lo
sucedido, como sí generadores de ideología. En ese sentido, entonces, se
explican los muchos periódicos y blogs y tuiteros que contribuyen al ejercicio
del debate público con diferentes tendencias. Mucho se habla en este sentido:
de la responsabilidad social que deben tener los medios al informar en
contraste con su aparente arbitrariedad ante estos temas, y entonces, su
enfoque hacia el negocio. No debieran, sin embargo, estar peleados estos
enfoques; empero que lo están. McLuhan en Comprender a los medios de
comunicación (1964), que: "las noticias de verdad son malas
noticias". Y entonces, la mala noticia, no tiene que ver en tanto a
contenido, sino a su capacidad de venta y repercusiones sociales, económicas y
por supuesto, políticas. En este sentido, en el contexto de los medios
nacionales, las opiniones, publicada y pública, se dividen: unos no venden lo
que otros esperan consumir y los que consumen no creen en lo que está siendo
publicado.
Y en lo que parece
ser una maldita coincidencia con toda la teoría política-social de Andrés
Manuel López Obrador y su Morena, nos encontramos con que aparentemente, los
medios nacionales siguen optando por la censura y los intereses de muy pocos
(AMLO dixit). En este sentido, entiendo que estos, los medios y sus líderes,
son generadores de ideología, cuya responsabilidad, entonces, está delineada
precisamente por los preceptos básicos de ese ideal colectivo que pretenden
difundir. No obstante, la problemática va mucho más allá.
En este país, se ha
jugado mucho con la idea de que los ciudadanos no sabemos; se dice que no
estamos informados y que creemos en todo lo que nos dicen. Ésta es una idea en
absoluto falsa y perversa, pues pretende generar lugares comunes: desinformar a
toda costa. No obstante, a todos aquellos que pretenden seguir con este vaivén
del carajo, en lo que el acceso a la información se refiere, les desalienta la
idea de que ya cada uno de nosotros, es un líder de opinión. Que no necesitamos
leer a Ciro Gómez Leyva o ver a Joaquín López Dóriga para saber qué es lo que
está pasando. Basta con tener un teléfono celular y vivir bajo la consigna de
que, precisamente, algo va muy mal.
En el prólogo de El
mito de Ícaro (1984), André Comte-Sponville, escribe: "Nuestro tiempo
no es el tiempo de la desesperanza, sino el del desencanto. Vivimos el tiempo
de la decepción". No miente: estamos decepcionados. Estamos hartos de una
Elba Esther Gordillo que haga lo que quiera; de un SME y en general no muy
pocos sindicatos que invadan la ciudad de México, por la falta de acuerdo con
nuestros incompetentes políticos que no buscan el mediar, bajo ninguna
circunstancia; estamos hartos de “presidentes legítimos” y esperanzas de cambio
que se vienen gestando desde el siglo pasado. No queremos más promesas de
cambio para seguir igual; ni queremos falsas promesas de una Isabel Miranda de
Wallace que se pretende como una ciudadana, bajo la consigna de: "si votas
por mí, votas por ti"; pero que muy adentro se sabe como una militante más
de Acción Nacional.
Somos ciudadanos
que vivimos en un régimen —palabra peligrosísima— democrático que no ha
cuajado, porque no se le ha permitido. Es inadmisible que la Cámara de
Diputados haya sido incapaz de nombrar a los consejeros faltantes del IFE, por
poco más de un año, por falta de consenso. Pero es más inadmisible, todavía,
que el IFE sea un juez, bajo toda mira, incompetente.
No queremos ni PRI,
ni PAN, ni PRD, ni PT, ni Movimiento Ciudadano, ni mucho menos esos negocios
familiares que se llaman Partido Verde Ecologista de México y Partido Nueva
Alianza. Queremos vivir en una democracia que se nos ha negado, porque el gusto
por el poder es demasiado. Queremos saber que día con día observamos encuestas
que nadie pone en tela de juicio; queremos ver noticieros en donde se digan las
cosas como fueron; y, queremos, bajo todas las circunstancias, que no se desdeñe
al estudiantado como el viernes lo hizo Pedro Joaquín Coldwell, dirigente del
PRI, al hablar de la magnífica pieza de resistencia de los estudiantes de la
Universidad Iberoamericana, mi escuela, en torno a su candidato; y quien recibió,
por parte de uno de nosotros, de un estudiante orgulloso de pertenecer a la
Ibero, una respuesta que, en un primer plano, ha encontrado un eco maravilloso
en Internet, pero que en un segundo, parece no querer ser respondida por el
mencionado dirigente —quien escapa al debate, como la hace su candidato—; y
quien es un egresado de la Ibero, que no parece entender que recibió un diploma
por parte de una istitución que, bajo todas las miras posibles, invita a la más
variada concurrencia de estudiantes: “metaleros”, “fresas”, “mirreyes y
mireinas" —si se quiere—; que sin importar sus más personalísimos gustos y
niveles, gritaron al eco: No queremos a Peña como presidente.
III. De 1968 a 2012
y un baño.
Se pretendía como
un viernes como cualquier otro: un viernes de finales de semestre en tonde se
respira tensión por cosas como encontrar un lugar en el estacionamiento, y el
deseo de no tener que hacer una fila muy larga para poder sacar unas copias o engargolar
un trabajo.
Iba llegando yo,
con el tiempo contado, a entregar un trabajo final en ese Palacio de Ladrillos,
escuchando por el radio la intervención de un político, en lo que me quedaba
clarísimo era para él un mitin más.
Entré al estacionamiento
y cuando quise estacionarme me percaté que había una camioneta negra, blindada,
de esas que usan los políticos intocables, mal acomodada en un lugar,
estorbando dos más, para evitar, a toda costa, el tener coches cercanos a ella.
Invariablemente sabía que Peña estaba en la Ibero.
Después de dejar mi
última entrega, caminé hacia el Sánchez Villaseñor, de donde el candidato que
se presume de cumplir, y había cancelado, hasta ese entonces, dos veces su
visita a la universidad, estaba a punto de salir por sus puertas. Hecho que
nunca sucedió pues Peña fue sacado por miembros del Estado Mayor Presidencial,
por la puerta que sólo el rector puede usar. Cuando por fin el candidato logró
salir se encontró con un tumulto que le gritaba consignas como: "¡Fuera!"
y "¡Asesino!"; en contraste con los pocos que mostraban carteles que
dejaban leer la consigna: "Contigo hasta los Pinos", y que lo aplaudían.
En fin que Peña,
fue llevado rápidamente al edificio de Diseño, en donde está Ibero 90.9, la
estación de la universidad, pues tenía una entrevista agendada.
Como yo había
entrado a la Ibero, por el estacionamiento que queda cerca del Departamento de
Diseño, y además había visto su camioneta negra, sabía perfecto hacia dónde se
dirigían los miembros del Estado Mayor Presidencial que escondían a un hombre,
cuyo copete se alzaba simulando grandeza. Cuando llegué al estacionamiento me
encontré con decenas de estudiantes —todos ellos estudiantes, que he visto
en el Iberobús, y en la Fuente o en las cafeterías— con carteles que dejaban
leer: "Atenco no se olvida", tapando el paso del candidato hacia el
estacionamiento e incluso a cualquier otra zona aledaña al Departamento de Diseño.
Mientras la gente le gritaba "¡Asesino!" o "¡Cobarde!", vi
pasar a dos hombres de traje, mismos que había visto antes parados junto a la
camioneta negra y blindada que estorbaba en el estacionamiento. Los dos iban
corriendo: uno de ellos hablaba por su radio mientras el otro sólo lo seguía.
En una de esas, el primero dijo: "No sabemos en dónde está. No lo
vemos". ¿Lo perdieron? —pensé mientras escuchaba a otros estudiantes
que también habían escuchado el mensaje del hombre trajeado y quienes no
tardaron en burlarse: "¡Ya lo perdieron!"
Después de esto,
como se supone que Peña tenía entrevista en Ibero 90.9, decidí ir en búsqueda
de una computadora desde dónde poder escucharla. Lo hice, sólo que Peña nunca
llegó. La historia cuenta que Enrique Peña Nieto, junto con su equipo, entre
ellos Pedro Joaquín Coldwell, dirigente nacional del PRI, y miembros del EMP,
llegaron hasta las instalaciones de la estación de radio. Sin embargo, a los
pocos minutos, Peña decidió ir al baño. Como el baño que está enfrente de la
estación está en remodelación, tuvo que bajar al del piso anterior en donde
quedó atrapado por estudiantes que impedían su paso. Y ahí, permaneció por
varios minutos Enrique Peña Nieto, mientras probablemente escuchaba a toda la
gente que desde las escaleras le gritaba de todo: "¡Asesino!", "¡Hijo
de puta!"; en donde se dejaban ver a las secretarias del departamento de
Diseño, cargando carteles con las consignas de Atenco y desde donde estábamos
yo y la Ibero; todos riendo, sabiendo que había esperanza, después de todo.
En la Fuente,
manifestantes mancharon de color rojo el agua de la misma y esperaban a que
saliera para, de ahí, enseñarle por dónde salir de la universidad, marcado por
el hecho de que no es Bienvenido.
De regreso a las
escaleras de Diseño. Estudiantes que estaban mucho más cerca del baño en donde
Peña estaba, comenzaron a gritar que el candidato ya estaba por bajar. Una de
ellos bajó corriendo y dijo: "¡Va a bajar por el elevador!". Cosa que
sucedió, mientras todos aquellos que estaban a lo largo de la escalera se le
dejaban venir. Cuando Peña salió del elevador un conjunto de miembros del
personal de seguridad de la universidad, hicieron un cordón desde donde impedían
que estudiantes pudieran alcanzar al candidato; empero que algunos se colaron
junto con periodistas y fotógrafos que buscaban la nota principal.
Peña pasó por
Capeltic, Lumen y el IXE del edificio B, entre un tumulto de personas que le
gritaban: "¡Fuera!", hasta que llegó hasta el estacionamiento de
maestros, en donde lo esperaba esa camioneta negra blindada, en la que no tardó
en subirse y desde donde se perdió en el tráfico imposible de Prolongación
Paseo de la Reforma.
III.
IV. La licencia poética
La masacre de
Tlatelolco del 2 de Octubre de 1968, ha sido siempre un tema de mi mayor interés.
Siempre me intereso por platicar con personas que estuvieron presentes, o que
por lo menos saben algo de ello: me hubiera gustado estar ahí, conocer más
sobre lo que en realidad pasó.
No pude, por
razones obvias: nací en 1990. Pero el viernes pasado, en lo que parece una muy
buena broma de la simetría, tuve mi pequeño pedazo de Tlatelolco. Vi cómo
estudiantes enojados y hartos se manifestaban en contra de un candidato que
representa todo aquello que no quieren; que no queremos.
Vi cómo un
dirigente nacional trató, a toda costa, desdeñar el esfuerzo espontáneo de
todos nosotros por manifestarnos a partir de descalificaciones que se hacían
presentes a partir de indicadores que vienen acompañados de sentir vergüenza y
culpabilidad. Sufrí el desencanto de muchos al observar detalladamente la
cobertura noticiosa: vi con ojos de decepción cómo en Foro TV se daba una crónica
incompleta de lo sucedido; le mandé un Tuit de reclamo a Joaquín López-Dóriga,
ese Florestán que de martes a viernes escribe en Milenio, porque en su
noticiero pasaron primero noticias del Popo y de Paul McCartney y no lo
sucedido en mi universidad: ¿es acaso Peña más grande que el Popo o el ex
Beatle? Aparentemente no. Cuando finalmente en el Noticiero de las 10:30
pasaron la nota, fue la misma que la de Foro TV. He leído y visto en Milenio,
ese grupo que se presume de periodismo con carácter, dar una nota sin contexto,
presentando los aplausos y rechiflas hacia el candidato como iguales, cuando
todos aquellos que estuvimos ahí sabemos que los segundos eclipsaron
infinitamente a los primeros; y adjudicando la rectoría de la Universidad
Iberoamericana a José Carreño, quien es director del área de periodismo, en la
carrera de comunicación. (Milenio. 12 de mayo de 2012. Pp. 5)
He leído a Román
Revueltas calificándonos de fascistas, en un aparente desliz no deliberado en
donde se le olvida que aquellos que son fascistas obedecen a una convicción de
autoridad impuesta: los estudiantes sí somos una autoridad, pero jamás
impuesta. Nuestro reproche a Peña fue por y para nosotros: fue un esfuerzo
espontáneo por manifestar, una disonancia cognitiva entre nuestras convicciones
ideológicas y las del Revolucionario Institucional. Si fueramos fascistas, Román,
¿por qué entonces queremos la democracia?
A Jorge Medina
Rueda —de Milenio, también—, quien habla de que la Ibero está en una de
las zonas más ricas del país, le invito a hacer un recorrido por la Delegación Álvaro
Obregón — en donde se ubica la universidad— para que pueda constatar que se
trata de uno de los bastiones perredistas por default en el Distrito Federal;
en donde las calles están llenas de hoyos; en donde casi no hay semáforos —el
viernes de camino a clases me tocó ver a un atropellado porque una persona en
su coche decidió darse la vuelta sin voltear a ver quién venía—; en donde Vasco
de Quiroga se divide por Televisa Santa Fe, que a su vez divide la zona
aspiracional —esencialmente de clase media—, en dos: los de arriba y los de
abajo. Situación que por lo pronto, en enero de este año, forzó una manifestación
por parte de los del segundo grupo para exigirle a los primero, que los dejaran
de excluir en la toma de decisiones.
He perdido la fe en
el periodismo nacional, en Milenio particularmente; tomando en cuenta que gran
parte de sus colaboradores importantes son o han estado involucrados a mi
universidad: Ciro Gómez Leyva, Carlos Puig, Carlos Marín. Pero sobre todo, he
caído en cuenta de que pese a que me resisto a votar por Andrés Manuel López
Obrador, ustedes, los políticos y periodistas, me obligan a hacerlo. Me obligan
a votar por alguien que promueve ideas de una constitución moral y, que según él,
es el Presidente Legítimo; me obligan a votar por un candidato que presume de
ser alguien siempre firme a sus convicciones cuando basta voltear a los libros
y saber que miente.
Sin embargo,
pese a esto, lo más desgarrador del viernes, no es lo que le sucedió a Peña
Nieto. Lo más desgarrador es lo que ustedes nos hacen a los estudiantes. Nos
hacen creer que pudimos haberle ganado intelectualmente a un candidato que rehúye
al debate y que por eso, de entrada, ya le ganamos. Nos critican de grotescos y
nos tiran de infiltrados de Morena, cuando por el contrario, nuestra
manifestación obedece a convicciones ideológicas a propósito del esquema político
del país. Somos los 150,000,000 del poema de Maiakovski, hartos de todos
ustedes. Manifestándonos en un acto que obedece a ideales construidos que se
sienten y no se piensan. Y en ese sentido, sentimos que el país va mal.
La visita de
Enrique Peña Nieto a nuestra universidad, se tenía entendida —bajo los estándares
del PRI— como un mitin político más. Pensaban que iban a una escuela de gente
que reincide en todos los lugares comunes que se han creado a partir de ella:
ignorantes, desinteresados. Pero se encontraron con que nosotros, los
estudiantes somos precisamente el presente. Que somos personas dignas de una
universidad y, que por lo pronto, no coincidimos con sus lugares comunes. Quizás
eso sea lo que más les enoja: esperaban eso de la UNAM —porque sus motivos se
siguen moviendo a propósito de lugares comunes— y por eso no van allá. Nunca
esperaron un movimiento estudiantil en una de las universidades más caras del
país, que se gestara de forma espontánea y que decidiera ser firme en sus
reclamos.
Para todos ustedes,
políticos, periodistas y dueños de México y sus medios: lo ocurrido el viernes
en mi universidad, es la firme muestra de, que en efecto, en la Ibero somos la
excelencia. Nunca lo olviden.
Francesc Josep Messeguer Lavín,
orgulloso estudiante de la Universidad Iberoamericana. 13 de mayo de 2012,
ciudad de México.




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